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Moana y Watene

Mientras mi esposo trabaja, estoy en la Biblioteca Nacional. Allí estudio para mejorar mi inglés y busco oportunidades de trabajo para mi. Allí conocí a Moana y a Watene, ambos maorís.

Ellos dan la bienvenida a los visitantes y son unas lindas personas. Con el paso de los días hemos hecho amistad. Moana es una mujer de unos 40 años es muy bonita e interesante y ya tiene una nieta de tres meses. Emana dulzura y expresa sus sentimientos con emoción. Moana lleva un tatuaje en la cara que le luce muy bien, es tradición en su cultura. Cuando hablas con ella, sólo ves la belleza de su alma.

Watene no se queda atrás. Es un joven dulce que se expresa con suavidad cuando conversa. No obstante, en un evento de la biblioteca representó un haka con gran fuerza y determinación. Su discurso sobre la protección de su cultura fue recio y sincero. Watene no lleva tatuaje en la cara. Su fuerza emana de su alma.

Moana y Watene son mis amigos maorís en Aotearoa, el país de la nube blanca.

Agradecida

Cada día que pasa me siento muy agradecida con las cosas que nos suceden en este país. No sé si es porque estamos en el paralelo 42 y se nos otorgó desde el universo la posibilidad de vivir la vida que queríamos y soñábamos. En menos de seis meses cumplidos aquí, y con ayuda de personas de aquí, mi esposo consiguió trabajo en su área profesional que nos permite vivir con tranquilidad.

Agradezco a mis hijos que hicieron posible este sueño apoyándonos con amor incondicional contra viento y marea.

Hemos entrado en un nuevo ciclo en que formamos parte de esta sociedad plenamente. Cada mañana nos unimos al grupo de personas que van al trabajo a pie, en una caminata que renueva la salud, refresca las neuronas y proporciona energía y alegría para comenzar un trabajo concentrado con amor y alegría.

Y si encuentras a Andy y a Ana a la salida del apartamento, es la mejor compañía para el camino, como nos sucedió esta mañana y quizás siga ocurriendo muchas veces. No podemos estar más agradecidos!

 

Correteando a la nieta

Desde que llegué a esta ciudad, cerca de mis hijos y nieta, tengo la impresión de que alguien en el cielo nos trajo y nos colocó en un cargo que de no haber venido nunca no hubiese sabido como era ser abuelos.

El perfil del cargo tiene que ver con atender a una niña especial, vivaz, cariñosa, creativa, inteligente, sensitiva, considerada y responsable que es mi nieta. Es delgada como era mi hijo, le gusta montarse en todas partes y descubrir parajes y le gusta construir cosas con todos los materiales posibles.

A veces la llevamos al colegio cuando tiene clases extra curriculares y nos lleva por escaleras empinadas que hay por todas partes en Wellington. No importa la lluvia, no importa el viento, a veces frío, porque lo más hermoso es compartir con ella su vida que de no haber venido aquí, jamás la hubiese conocido como la conozco ahora.

El cabello de mi nieta es como era el cabello de mi hija, es dorado y brilla como el oro bajo el sol.

Coleccionando sonrisas

Desde el primer día en Wellington, NZ, colecciono sonrisas. A la salida de la tienda, en la calle, en la acera, en el puerto, cuando espero el autobús. Es algo que se ha olvidado en mi país. Porque el miedo no nos permite mirar de frente a los ojos. Aquí las personas se acercan y preguntan dónde compraste algo que les gusta. Comprando un producto para limpiar los zapatos, la señorita que me atendió me ofreció limpiarlos sin pago adicional, simplemente quiso darme un servicio. En las tiendas las personas que las atienden son muy amables y serviciales.

¿Cuánto tiempo pasará para volver a ver caras amables en las calles de mi país? ¿Cuánto tiempo pasará para que el servicio que se ofrece se haga con cariño porque el trabajo que se realiza se hace con gusto?

Mientras tanto, cada día mi nieta me pregunta, abuelita, ¿cuántas sonrisas coleccionaste hoy?

Andy y Ana

Después de muchas millas volando, 14 horas de vuelo y un día más vivido entre las nubes sin tiempo, llegamos al sitio de destino: Nueva Zelanda. Allí nos esperaba mi hijo y su familia. Nos esperaba nuestra nieta. Una niña que me hace revivir cada día la infancia de mi hijo. Es dulce, amorosa, inteligente y sensitiva. Los días son maravillosos a su lado, compartir su rutina y sus juegos es un placer que me había estado perdiendo todos estos años.

La gente aquí es amable y hospitalaria. El Gobierno cuida de la gente y en especial de la gente de la tercera edad a quienes les brinda muchos beneficios. Todos los días pienso que mi esposo y yo estamos en el lugar correcto, en el momento preciso de nuestra vida, viviendo la vida que queremos y me siento muy agradecida al universo que lo permitió y a este país que nos acogió con todos los derechos y beneficios.

Atrás quedaron los malos momentos. Lo que hemos vivido con nuestros hijos y nieta ha sido tan hermoso que nada de lo sucedido con nuestra mudanza tiene importancia ahora.

¿Y Andy y Ana? Forman parte de un episodio nuevo y hermoso. Son nuestros vecinos que quieren ser nuestros amigos. Kiwis que nos reciben con gran simpatía, contemporáneos a nosotros, con hijos grandes y nietos y con ganas de entablar una amistad como nosotros.

Mudanza

Me he mudado muchas veces. Sin embargo, nunca había sido tan radical. No se trataba de poner cosas en una caja para llevarlas a otro lugar del país, se trataba de decidir sobre qué llevarse, qué dejar y regalar o quizás vender? Nunca he sido buena vendedora y la situación del país no estaba para vender nada, así que decidí regalar lo que no podía llevarme.

La mudanza se transformó en un trabajo del alma. Las decisiones fueron hechas desde el corazón, cada una de mis pertenencias tenía una historia que contar, sobre mi vida, sobre mi pasado, sobre mi misma, y así se fue creando un diálogo conmigo misma de reconocimiento de quién había sido y quién era ahora y lo que quería ser en el futuro.

Regalar fue lo más hermoso. No sólo mi familia se benefició, sino todas aquellas personas que colaboraron conmigo para resolver problemas de la casa, bellas personas que con su apoyo y cariño me hicieron la vida más fácil.

Fue extraordinario ver la alegría en sus rostros con cada objeto o mueble recibido. Fue mejor que haber vendido un mueble o un objeto que había formado parte de mi vida y que tenía todavía valor para mí.

Mudanza de vida, mudanza del corazón.

 

Alea iacta est

La decisión está tomada. Nos vamos rumbo a nuestros sueños. Ya lo sabíamos en nuestros corazones. Mi esposo lo tuvo presente desde que llegamos de Francia en 1974. Para mi no era más que un sueño perdido entre el ajetreo de mis hijos y mi casa que empezó a tomar forma en 1995 cuando mi hijo mayor emigró para siempre. Aunque iba a estudiar, gracias a una beca, yo sabía que no volvería.

Ya la vida comenzaba a deteriorarse, mi hijo fue atracado tres veces saliendo del colegio y decidió no volver a usar reloj en su vida. El dolor fue intenso para mí y dio origen a un trabajo interior que cambió mi vida. En 1996 fuimos a su encuentro, no lo reconocí en el aeropuerto, pelo largo y anteojos, feliz y agradecido de sus experiencias y agradecido de la educación que le habíamos dado. Fue hermoso haber visto su crecimiento espiritual.

Más tarde nos fuimos a los Estados Unidos para estar más cerca de él. En Estados Unidos crecimos todos, mi esposo realizó un master, yo trabajé en una empresa que publicaba una revista de salud para hispanos y con el dinero ganado, mi hija hizo su pregrado en la Universidad. El paso por las universidades americanas les abrió a los dos, puertas para continuar sus estudios hasta obtener doctorados con becas americanas. Y de allí, saltaron a empleos gratificantes en un país que premia la excelencia.

Al regreso, a mi esposo y a mí nos cambió la vida también, tuvimos mejores oportunidades y nos reconocieron por lo que habíamos aprendido. Yo seguí estudios para lograr un master, pero el sueño de emigrar estaba latente, nuestros hijos ya no estaban y la situación económica y social estaba haciendo aguas…

Emigrar nos cambió la vida a todos, para bien.